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¿Quo vadis Europa?

De repente, la Puerta del Sol se llenó de jóvenes con distintas consignas políticas, reclamando por un derecho a la vivienda que la realidad les niega por razones de escasez de las mismas y por ...

¿Quo vadis Europa?

De repente, la Puerta del Sol se llenó de jóvenes con distintas consignas políticas, reclamando por un derecho a la vivienda que la realidad les niega por razones de escasez de las mismas y por ...

De repente, la Puerta del Sol se llenó de jóvenes con distintas consignas políticas, reclamando por un derecho a la vivienda que la realidad les niega por razones de escasez de las mismas y por los altos costos -en muchos casos inalcanzables- para comprar, y demasiado caros para alquilar, de manera que la gran mayoría debe compartir pisos y habitaciones. Es algo que ocurre desde hace varios años pero que se agravó con el incremento desmesurado de un turismo que contribuye a elevar la demanda, así como la especulación financiera de distintas firmas inmobiliarias que compran e invierten de tal manera que son catalogadas de “fondos buitres”, una categoría de especuladores muy conocidos por nosotros.

El detonante fue el desalojo de Maricarmen, una anciana de 87 años de edad, que si bien fue realizado de acuerdo con las leyes vigentes, difundió la impresionante imagen de la policía sacando primero en camilla y después en silla de ruedas a la inválida de la casa que habitaba desde muchos años, mientras una gran cantidad de efectivos dispersaba a los manifestantes que trataban de oponerse al desahucio. Antes de morir en un hospital, Maricarmen se convirtió en símbolo y en consigna que movilizó a miles de jóvenes a acampar en el centro de Madrid y marchar por la carrera de San Jerónimo hacia el palacio de las Cortes y a manifestarse frente al gobierno de la Comunidad Autónoma por responsabilidades compartidas pero diferenciadas: del gobierno central depende legislar sobre desalojos pero la política de vivienda es de resorte local.

Al caminar entre las muchas carpas modelo “iglú” sin estacas, todas de la misma altura y sólo diferentes en sus colores; recordé cuando años atrás estuve en el mismo lugar en la protesta y acampe de los “indignados” del 15 M. Aquéllos tenían la consigna unificadora del “no nos representan” que era muy similar al “que se vayan todos” de nuestra crisis de 2001/2002. Los “indignados” protestaban contra la política tradicional pero terminarían conformando la base de un nuevo partido político que se llamó Podemos. La protesta actual es heterogénea, porque fuera del reclamo de viviendas que nuclea a muchos jóvenes, las consignas reparten culpas, ya sea a Díaz Ayuso, a Sánchez, al PP, al PSOE, a VOX, a JUNTS, a la izquierda o a la derecha; tanta es la dispersión que el gobierno español no encontró apoyo parlamentario a sus decretos y hasta debió plantearse adelantar las elecciones para el próximo 29 de noviembre como consecuencia de esta crisis, de la crisis migratoria y de otras que viene acumulando.

El derecho a una vivienda digna es una manifestación muy gráfica del estado social y democrático de derecho que abrió su primer cauce en Europa a partir de la Constitución de Weimar en el período de entreguerras y que reafirmaron las constituciones de posguerra como la italiana de 1947, la ley Fundamental de Bonn de 1949 y la Constitución de la V República Francesa de 1958, así como la Constitución Española de 1978, dando paso a un constitucionalismo social, reafirmado en la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo y en la Carta de Lisboa sobre Derechos Fundamentales de la Unión Europea y que fue exportado más allá del Atlántico hacia nuestras reformas constitucionales de 1957 y de 1994. Frente a ese arsenal normativo, la crisis del estado benefactor comenzó a asomar en la década de los 70 del siglo pasado cuando el aumento del precio del petróleo puso el acento en la necesidad de poner a la política fiscal en el primer orden de prioridad, situación que se iría incrementando con sucesivas crisis de manera que un politólogo español sería muy gráfico al publicar su libro Del estado de bienestar al estado de malestar. En ese camino de retrocesos, los jóvenes millennials comenzaron a vislumbrar que el sistema previsional no les otorgaría ya los generosos beneficios de los que gozaron sus antecesores en las décadas de los 80 y los 90 cuando Europa nos deslumbraba no solo por su historia y su cultura, sino también por su grado de desarrollo y su nivel de vida.

El estado de bienestar no solo sufre el embate ideológico de una derecha en ascenso que ha convertido el equilibrio presupuestario en valor, sino también de las oleadas migratorias que invaden las ciudades en busca de una ilusión sobre el pasado y en medio de ese drama asoman debates que se creían superados, de manera que la recientemente electa alcaldesa de Berlín, descendiente de turcos y referente de un partido de extrema izquierda autoritario, colocó a las expropiaciones como propuesta a la crisis de vivienda en el centro de su discurso triunfador en las elecciones del 20 de septiembre. No es el único caso, el argumento de expropiar viviendas en lugares de vacaciones que no se ocupan la mayor parte del año también abrió debates en los principales periódicos españoles, aunque es difícil que pueda tener arraigo en los principales partidos políticos, al menos por ahora. Aunque el contexto no deja de advertir que los partidos que antes buscaban confluir hacia el centro del espacio político, hoy se desplazan hacia los extremos debido a la polarización y a la confrontación en el discurso.

El diagnóstico se profundiza en las recientes manifestaciones de los estudiantes franceses y en la represión que muchos de ellos sufrieron de parte de las fuerzas policiales, rememorando tanto al mayo del 68 cuando se luchaba por aires de libertad frente a otras más actuales como los “chalecos amarillos” y a otros movimientos protestando frente a la incipiente escasez o al menos la pérdida de anteriores beneficios. En Alemania crece el malhumor social de un país altamente sindicalizado y acostumbrado a una sólida defensa de sus derechos sociales frente la realidad contundente de la pérdida de los mercados asiáticos para una industria automotriz otrora de vanguardia y ahora enfrentando la competencia de China, sumado al corte de abastecimiento de gas barato de Rusia y al tener que hacerse cargo de un presupuesto de defensa que antes le brindaban la OTAN y los Estados Unidos. La impuntualidad en las líneas de metro y de trenes no deja de sorprender en un país donde todo solía funcionar a la perfección.

El incremento del diálogo entre los Estados Unidos de Donald Trump, la China de Xi Jinping y la Rusia de Putin tampoco está favoreciendo a las potencialidades de Europa, como en cambio sí cuidaron de ella las potencias de posguerra después de las conferencias de Yalta y de Potsdam. El temor por una guerra híbrida muy cercana es otra de las preocupaciones más serias, sobre todo cuando drones y restos de artefactos caen en algunas ciudades cercanas y no tan cercanas a la Ucrania invadida. Es un dato comprobable que el mundo se ha vuelto cada vez más complejo. Para prevenirse de las disgregaciones; Europa encaró hace años el proceso de integración política más serio que se conozca del cual el euro es su manifestación más fuerte; se trata de armonizar políticas y sobre todo conciliar la pretensión de derechos con una economía de mercado que funcione. No es un camino lineal sino que hay marchas y contramarchas como Gran Bretaña que hoy se replantea internamente el brexit y varios países de Europa del este como Hungría, Polonia y la propia Alemania, desilusionados por la lentitud de las anheladas mejoras.

Tal vez la respuesta se encuentre en vencer al escepticismo y mantener el ritmo de la marcha, más allá de los vaivenes coyunturales tanto de la política como de la economía, en eso Europa tiene la historia a su favor que abreva en las raíces culturales del cristianismo como puso en evidencia un recordado debate entre Habermas y Ratzinger sobre sus raíces culturales. Es el modelo de democracia y de cultura al que queremos seguir perteneciendo como parte de Occidente y, desde nuestra parte, la mejor respuesta a ese esfuerzo de universalización será reforzar los pasos para perfeccionar el Acuerdo UE-Mercosur como paso para consolidar nuestra moneda, nuestra economía, nuestra política y nuestra cultura.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/quo-vadis-europa-nid02112026/

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