León XIV, muy atento a las causas del malestar global
Entre los candidatos demócratas que contribuyeron a darle una paliza a Donald Trump en las elecciones estadounidenses de medio término, llama la atención James Talarico, un teólogo presbiterian...
Entre los candidatos demócratas que contribuyeron a darle una paliza a Donald Trump en las elecciones estadounidenses de medio término, llama la atención James Talarico, un teólogo presbiteriano y exprofesor de 37 años. Considerado un “progresista” moderado de valores cristianos, ganó una banca en el Senado por Texas, un estado históricamente republicano, y tuvo durante la campaña algunas definiciones fuertes. “La razón de que exista la pobreza en el país más rico de la Tierra no es que no podemos alimentar a los pobres, sino que no podemos saciar a los ricos”, dijo. En una réplica a la agresiva política de Trump hacia los inmigrantes indocumentados y a la demonización de ciertas minorías, agregó: “La única minoría que está destruyendo al país es la de los multimillonarios”. Aludía a la elite de magnates tecnológicos, incluido Elon Musk, que no pudo evitar la derrota de su divisa en Texas a pesar de haber invertido unos 200 millones de dólares en la campaña del candidato republicano. “La guerra cultural es una cortina de humo –argumentó el novel político en el mismo discurso-. Muchas de las divisiones, en este estado y en este país, son fabricadas por multimillonarios que quieren que nos enfrentemos entre nosotros en lugar de enfrentarlos a ellos. La mayor división de nuestra política no es entre izquierda y derecha, sino entre arriba y abajo”.
¿Es Talarico un populista? No lo sabemos. Si no lo es, ojalá que su ascenso en la política no lo haga derrapar hacia la traicionera banquina de la demagogia. Puede que muchos le cuelguen la etiqueta por estos dichos, pero yo lo rescato precisamente por ellos. Lo que dijo no solo aplica a Estados Unidos. Creo que la brecha creciente entre ricos y pobres, con el consiguiente eclipse de una clase media cada vez más desdibujada, es el caldo en el que se cocina la bronca social que estalla en protestas como las que vemos en Europa. Estos estallidos, en los que se encabalgan izquierdas y derechas extremas que enturbian el reclamo y el análisis de sus causas, expresan en el fondo una gran decepción con la democracia. Y la razón, creo yo, es que muchas de sus promesas esenciales no solo no se cumplen, sino que cada vez parecen más lejanas.
La democracia es desde sus orígenes una promesa de igualdad. Hoy, esa promesa es una asignatura pendiente
Es un círculo vicioso. Los líderes populistas aprovechan esta decepción y atizan el resentimiento para llegar al poder. Siempre con la excusa de la guerra entre izquierda y derecha, le infieren más daño a democracias que ya vienen maltrechas. Unos y otros, cómo no, aprovechan el control del Estado para enriquecerse a escalas descomunales. Solo en 2025, informó The New York Times, Trump aumentó su fortuna personal en 2200 millones de dólares, gracias a la creación de nuevas empresas cuyo rédito se explica por medidas que el magnate toma desde la Casa Blanca. Cristina Kirchner quiere ser candidata y pretende que se le “restituyan” los derechos políticos, pero la que debe restituir es ella: toda la que se llevó junto a su marido durante sus años en el poder. Al perjuicio al Estado que se determinó en la causa Vialidad (685.000 millones de pesos) hay que sumarle el de las causas pendientes. Llegan al poder con la cantinela de incluir a los excluidos, pero gobiernan para ellos mismos y terminan profundizando la desigualdad, que desintegra los lazos sociales en los que se sostiene la salud democrática. Terreno fértil para sembrar odio. Un círculo vicioso del que, por errar el diagnóstico, no sabemos cómo salir.
No se trata de izquierdas o derechas. En el malestar de las sociedades occidentales, en el deterioro democrático, el factor clave es la desigualdad. La democracia, escribió Pierre Rosanvallon, es tanto un régimen de gobierno como una forma de convivencia social. El historiador francés señala que las revoluciones norteamericana y francesa no habían separado la democracia como régimen político (la soberanía del pueblo) de la democracia como forma de una sociedad de iguales. La libertad y la igualdad, presentadas muchas veces como dos valores antinómicos, eran comprendidas entonces como indisociables, aunque con el paso del tiempo la primera se afirmó y a la segunda se la relegó. La democracia, entonces, es desde sus orígenes una promesa de igualdad. Hoy, esa promesa es una asignatura pendiente. Por supuesto, Rosanvallon, crítico del populismo, está lejos de abogar por una igualdad que cercene la libertad. En su libro La sociedad de iguales pone el foco en la brecha que existe hoy entre ricos y pobres, y en el impacto letal que eso tiene en la democracia, su objeto de estudio.
Talarico parece haber dado en el clavo cuando dice que hoy los megaricos no se sacian. Por mucho que tengan, quieren más. El joven senador electo pone así el acento menos en el sistema que en el hombre, que a fin de cuentas es quien construye su entorno partir de sus pulsiones, deseos, miedos y ambiciones.
En su encíclica, el Papa no les escapa a ninguno de los mayores problemas de este presente crítico
Hoy por la tarde llega a la Argentina León XIV, la primera visita de un papa al país desde la venida de Juan Pablo II en 1987. Y no hay duda, a la luz de la encíclica Magnifica Humanitas y de lo que dijo en Uruguay, que el centro de su mensaje será precisamente el ser humano. Hoy lidiamos con un mundo en el que millones se ven privados de cosas y derechos esenciales, que pasa por una traumática crisis de civilización impulsada por la inteligencia artificial y en el que crece el fantasma del colapso ecológico. La expectativa que ha despertado el paso de León por el país, no solo entre los católicos, no solo entre los creyentes, quizá se deba a que estamos necesitando palabras que vayan más allá de la desacreditada esfera política y se dirijan, de modo genuino, al corazón. No para soslayar esa dimensión fundamental, al contrario, sino para poner el foco en el interior, en el espíritu, que acaso en su desasosiego incuba muchos de los desajustes que después se traducen de la peor manera en la vida en común.
Magnifica Humanitas, que cifra la mirada del Papa, tiene una primera virtud: no le escapa a ninguno de los grandes problemas del presente, y menos al que aquí se juzga como principal. La segunda es que lo hace con lucidez y en forma concreta. Cito una frase, entre las muchas que subrayé: “Evitemos, por tanto, el ‘síndrome de Babel’: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único -incluso digital- capaz de traducirlo todo, hasta el misterio de la persona, en datos y rendimientos”.
Es posible que León XIV sepa, o le hayan contado, que hoy llega a una Babel. Es un hombre que transmite calma, así que su palabra acaso funcione como una denuncia elíptica y no premeditada, a fuerza de contraste, de la forma en que aquí se dirime la bendita batalla cultural entre uno y otro extremo ideológico.
“Creo que su identidad peruana es más fuerte que la gringa”, dijo el canciller del Vaticano, Paul Gallagher, en una entrevista que le hizo Elisabetta Piqué. Es un papa de dos mundos. Eso quizá le haya dado, además de un mayor contacto con la variedad de lo real, mayor sabiduría y apertura. Más calle. Y una evidente humildad. Una confesión en el estribo: verlo en una foto con Bob Dylan, pocos días antes de cruzar el océano, me lo volvió más cercano. Bienvenido, León XIV, a esta tierra en la que son muchos los que lo esperan.