Generales Escuchar artículo

Después de Ormuz: del petroestado al electroestado

PARÍS.- El cierre del Estrecho de Ormuz tras los ataques contra Irán ha reactivado una dinámica previsible en el mercado energético: alza de precios, refinerías golpeadas y la paralización po...

Después de Ormuz: del petroestado al electroestado

PARÍS.- El cierre del Estrecho de Ormuz tras los ataques contra Irán ha reactivado una dinámica previsible en el mercado energético: alza de precios, refinerías golpeadas y la paralización po...

PARÍS.- El cierre del Estrecho de Ormuz tras los ataques contra Irán ha reactivado una dinámica previsible en el mercado energético: alza de precios, refinerías golpeadas y la paralización por parte de Qatar de un quinto del suministro global de gas natural licuado (GNL). Aunque el paralelismo con la crisis de 1973 resulta tentador, la naturaleza de este episodio exige una lectura distinta. No se trata solo de una nueva crisis de petróleo, sino probablemente de la última capaz de reconfigurar el sistema internacional. El petróleo mantiene su relevancia estratégica ineludible para el transporte, la industria y el poder militar, pero la arquitectura de dependencia que sostuvo a los petroestados se erosiona.

El interrogante geopolítico central ha mutado: la influencia ya no reside exclusivamente en el control del crudo, sino en el dominio de las tecnologías e infraestructuras capaces de reducir dicha dependencia. Lo que durante años fue debate sobre la velocidad de la descarbonización es hoy debate sobre resiliencia y seguridad de suministro. Así, la transición se transforma en una política estricta de soberanía industrial.

El interrogante geopolítico central ha mutado: la influencia ya no reside exclusivamente en el control del crudo, sino en el dominio de las tecnologías e infraestructuras capaces de reducir dicha dependencia

El shock es estructural. El mercado mundial de GNL, que en febrero discutía sobreoferta, enfrenta hoy un déficit de hasta 30 millones de toneladas, sin nuevos proyectos relevantes hasta 2026 más allá de tres plantas en construcción en Estados Unidos. No existe reemplazo inmediato para los volúmenes perdidos del Golfo. A diferencia de 1973, sin embargo, el escenario actual ofrece rutas de mitigación concretas a través de la electrificación, las energías renovables y la energía nuclear. La crisis actual penaliza la exposición a los hidrocarburos y, simultáneamente, premia la anticipación tecnológica y la diversificación.

China ilustra el cambio de paradigma. Se proyecta que su demanda de petróleo alcance su punto máximo en 2027, dos años antes de lo previsto originalmente. En la actualidad, más del 30% de su consumo final de energía es eléctrico y los vehículos eléctricos representan más de la mitad de sus ventas automotrices. Controla más del 80% de la manufactura global de paneles solares, turbinas y baterías, procesa los principales minerales críticos y mantiene 1.400 millones de barriles en reservas estratégicas. Pero su cálculo no es solo verde: también asegura su abastecimiento terrestre mediante gasoductos con Rusia (Power of Siberia 2) y Turkmenistán (fase 4 del campo Galkynysh). Esta dualidad le permite electrificarse aceleradamente mientras se blinda por tierra frente a eventuales bloqueos marítimos.

Por su parte, la posición de Estados Unidos presenta contradicciones estructurales. Como principal productor global de hidrocarburos, obtiene un beneficio a corto plazo al capitalizar el aumento de los precios y consolidar su rol exportador. Sin embargo, si la crisis acelera el proceso de electrificación, el control de las reservas de crudo perderá peso estratégico en favor de las cadenas industriales (baterías, redes, minerales) que Pekín ya domina.

Rusia experimenta una ventaja coyuntural similar. El crudo Urals cotiza por encima del Brent por primera vez en años. No obstante, los efectos acumulados de la guerra, la desinversión y la afectación de su infraestructura exportadora restringen severamente su capacidad para monetizar este escenario más allá de 2026. Su poder fósil, en este contexto, está siendo liquidado, no proyectado estructuralmente. Europa absorbe un costo estructural particular: obligada a independizarse a la vez de los suministros de Rusia y del Golfo Pérsico, enfrenta una destrucción de demanda industrial inevitable a estos precios. El continente afronta un ajuste drástico de cara al próximo invierno, con inventarios de gas al 30% y un objetivo de llenado del 90% prácticamente fuera de alcance.

A corto plazo, sin embargo, países con alta dependencia como Japón y Corea del Sur incrementan el uso de sus centrales de carbón y fomentan la producción local de hidrocarburos. La crisis fuerza así un movimiento dual y paradójico: una mayor dependencia fósil inmediata para estabilizar las redes, en paralelo a una aceleración de la electrificación futura. Mientras tanto, otros leen mejor la dirección de fondo: Francia se propone que la electricidad represente el 60% del consumo nacional en 2030, frente al 30% actual; Japón discute reactivar parte de su flota nuclear; y Filipinas y Vietnam exploran reactores modulares pequeños.

De esta forma, Ormuz anuncia el desplazamiento del orden petrolero. El mundo entra en un orden energético híbrido en el que los hidrocarburos seguirán pesando, dolorosamente en el corto plazo, pero ya no organizarán solos la jerarquía del poder. La ventaja estratégica de las próximas décadas no recaerá en el actor que extraiga el último barril, sino en aquel capaz de articular y dominar la infraestructura del sistema que lo reemplace.

La autora es Magister en Gobernanza Internacional de la Universidad de Sciences Po, Paris

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/despues-de-ormuz-del-petroestado-al-electroestado-nid06062026/

Comentarios
Volver arriba